sábado, 19 de diciembre de 2009

Todas las mujeres

Entonces ella despertó, y con ella despertaron todas las mujeres del mundo.

Me miró y supo que llevaba horas observando su sueño. Me había desvelado a medianoche por culpa de una angustia interior que me atenazaba sin saber muy bien de qué se trataba. Después de rondar un rato por la casa en busca de quién sabe qué, mis pasos me llevaron hasta el alféizar de la ventana. Ahí, apoyado en el sucio cristal, dejé pasar los minutos primero, y después las horas, con la vista fija en el rincón más oscuro de la habitación, donde al principio imaginaba su contorno, que cada vez vislumbraba con más claridad, conforme mis ojos se habituaban a la penumbra.

Poco a poco, pude ver todo. Lo primero, sus pies, siguiendo mi recorrido hasta las rodillas, una de las cuales había tomado posesión de mi lado de la cama como si siempre le hubiera pertenecido. El edredón yacía arrebujado entre sus piernas, dejando al descubierto todo su cuerpo, antes de caer al suelo por el lateral de la cama. Ella seguía durmiendo bocabajo, en la misma posición que unas horas antes, cuando quedó exhausta después de hacer el amor. Pudo ser producto de mi imaginación, pero siempre juraré que en ese momento, pude sentir cómo su sexo se estremecía entre sus piernas dobladas, como si supiera que lo estaban observando, y me concediera permiso para seguir haciéndolo.

Con la mirada recorrí su cadera, repasé mentalmente aquella cintura que conocía mejor que mi propio cuerpo, pero que en aquel momento me pareció totalmente diferente… Con la primera claridad de la madrugada, comencé a distinguir los colores. Ante mis ojos tenía su cuerpo en toda su plenitud, con infinitos tonos, más oscuros, más claros, y así pude apreciar mejor sus pechos, aplastados contra el colchón por el peso del cuerpo, que en toda su voluptuosidad parecían pedir a gritos libertad, para poder moverse a su antojo. Tapado a medias por mechones de su pelo multicolor, su cuello, punto de gravedad de todo el universo, yacía provocador, desafiante, como retándome a que me lanzara como una fiera a por él.

Sin darme tiempo a pensarlo dos veces, adivinándome el pensamiento, ella se dio la vuelta, desperezándose, y me miró fijamente en silencio. Entonces pude contemplar toda su anatomía, llena de vida ahora, despidiendo pura energía, que pasó de su cuerpo al mío haciéndome sentir un escalofrío hasta los dedos de los pies. Durante ese instante, el más largo de mi vida, comprendí que ciertas cosas no se aprenden en los libros de texto, ni con la experiencia de la vida. Aquella invitación silenciosa y provocadora a unirme a ella, a fundirnos en uno sólo, siempre había estado ahí, desde mucho antes de que los dos existiéramos, y permanecería mucho tiempo después de que desapareciéramos. Siguiendo un guión nunca escrito, pero marcado en nuestro ser, hombre y mujer, todo volvió a ser igual, pero nada volvió a ser como antes.

lunes, 7 de diciembre de 2009

A mario espinoza le gusta mi barriga.

No la vio pero tejió su límite difuso

En el punto justo que media entre un ojo y el otro.


El conocimiento me es resbalado por los cimientos

De mis no palabras

No palabras, no palabras, no palabras.


Emotivamente calmo.

Un instante basta para tocar la voz en grito

Que ora y reza comprendiendo que llega al punto-no hay otro-

: Es su vergonzosa sinceridad llena de vosotros y de sí misma

De su cosa que no tienen nombre y sin embargo es:

Auténtica


- No me dejes sola,

Parecen decir los cuerpos.

En el butoh-wind una ola se trasciende a sí misma-


/Imagen: una mujer con sus piernas separadas, en medio de un estadio vacío, bajo luces fluorescentes, masturbándose furiosamente. /


Si me pierdo escribiendo

Es porque no me gustan los finales

Cuando estoy viviendo.

Quizás tengo esa escritura que intenté llenar contigo.


/Imagen: una laguna secándose/


Otrora en su día de gracia vino la armonía a ver si por fin

Nos dábamos cuentas de qué era esa sensación ahora recubierta de polvo.

Intento barrer, pero no sé muy hacia dónde me dirijo.


/Imagen: una máquina de coser, funcionando rápida y violentamente, bajo tu ojo atento./


Si me descuido, puedo hacerme daño, si me hago daño

No podré representar mi función.

El bosquejo de la ópera está en el cuaderno blanco.

Si me lesiono no podré hacer el pino del revés.


Imagen:





viernes, 27 de noviembre de 2009

Abueletes

Observé por la rendija de la puerta y pude vislumbrar cientos de botellas de cristal de diversos colores y tamaños, colocadas cuidadosamente en estanterías. No había nada más en la habitación, pues todas las paredes estaban ocupadas por ellas.

- No hay nada que odie más en el mundo que las botellas de plástico, me dijo, mirándome muy seria.

Y parecía ser cierto, pero ¿qué habían hecho ellas para desmerecer un sitio en tan distinguido altar? La miré con esa cara que se suele poner en estas ocasiones pero ella no me aclaró ni una palabra sobre el tema, por lo que lo máximo que obtuve fueron conjeturas.

La seguí por el pasillo hasta la habitación del fondo, que resultó ser la cocina. Tomó uno de los vasos sucios que reposaban en el fregadero, lo enjuagó y lo llenó de agua, ofreciéndomelo acto seguido. A juzgar por el color blanquecino del contenido no parecía ser agua demasiado cristalina, pero no estaba el horno como para rechazar este tipo de cosas. Decidí ir al grano:

-Así que... su marido murió hace años. ¿Cuánto tiempo hace exactamente?

-En marzo hizo siete años, pero la verdad es que conservo pocos recuerdos de él.

-¿Y cómo se las ha arreglado desde entonces? ¿Trabaja usted?

-Otra pregunta así y se encuentra en la calle, jovencito. No está usted aquí para eso.

-Es cierto, lo siento, señora. ¿A qué se dedicaba su marido?

-Era agente de bolsa. Muy bueno en su trabajo, por cierto.

-Interesante... ¿Y usted no ha continuado con su labor?

-¡Se lo advertí! ¡Se ha vuelto a desviar del tema! Esto se va acabar.

Ella desapareció por la puerta para volver a los pocos segundos con una escoba en la mano.

-¡Por favor! ¡No era mi intención! No volverá a suceder.

-Ya lo creo que no. Porque ahora se van a cambiar las tornas. ¿a qué te dedicas, muchachito? ¿Cuáles son tus aspiraciones en la vida?

-Yo... Esto... (me quedé mudo, ¡el entrevistador entrevistado! Si mis compañeros se enterasen...)

-¿No sabes qué decir, eh? Pues así aprenderás a no ser tan insolente con las damas. Y da gracias a que no soy tu madre, porque si no te ibas caliente a casa.

-Perdone, señora. La verdad es que soy nuevo en esto, y claro... usted comprenderá.

-Esta bien, pero que se a la última vez (esta vez mi mirada de pena sí que tuvo su efecto). ¿Por dónde íbamos?

-Me estaba contando usted acerca de todas esas botellas que guarda en la habitación y sobre su odio por las botellas de plástico. ¿A qué se debe?

Aquella sonrisa prometía una historia interesante. ¿Por qué hay personas que nacen sabiendo sonreír de esa manera y personas que nunca serán capaces? La señora era una de las primeras. Y mucho me temo que yo pertenecía al segundo grupo.

-Pues es una larga historia. Bueno, de hecho son dos historias, y hoy sólo tengo tiempo para contarte una. ¿Cuál prefieres? Elige bien…

-Creo que prefiero la de la colección. La otra la dejamos para mejor ocasión.

-De acuerdo. Me gusta coleccionar botellas.