Me miró y supo que llevaba horas observando su sueño. Me había desvelado a medianoche por culpa de una angustia interior que me atenazaba sin saber muy bien de qué se trataba. Después de rondar un rato por la casa en busca de quién sabe qué, mis pasos me llevaron hasta el alféizar de la ventana. Ahí, apoyado en el sucio cristal, dejé pasar los minutos primero, y después las horas, con la vista fija en el rincón más oscuro de la habitación, donde al principio imaginaba su contorno, que cada vez vislumbraba con más claridad, conforme mis ojos se habituaban a la penumbra.
Poco a poco, pude ver todo. Lo primero, sus pies, siguiendo mi recorrido hasta las rodillas, una de las cuales había tomado posesión de mi lado de la cama como si siempre le hubiera pertenecido. El edredón yacía arrebujado entre sus piernas, dejando al descubierto todo su cuerpo, antes de caer al suelo por el lateral de la cama. Ella seguía durmiendo bocabajo, en la misma posición que unas horas antes, cuando quedó exhausta después de hacer el amor. Pudo ser producto de mi imaginación, pero siempre juraré que en ese momento, pude sentir cómo su sexo se estremecía entre sus piernas dobladas, como si supiera que lo estaban observando, y me concediera permiso para seguir haciéndolo.
Con la mirada recorrí su cadera, repasé mentalmente aquella cintura que conocía mejor que mi propio cuerpo, pero que en aquel momento me pareció totalmente diferente… Con la primera claridad de la madrugada, comencé a distinguir los colores. Ante mis ojos tenía su cuerpo en toda su plenitud, con infinitos tonos, más oscuros, más claros, y así pude apreciar mejor sus pechos, aplastados contra el colchón por el peso del cuerpo, que en toda su voluptuosidad parecían pedir a gritos libertad, para poder moverse a su antojo. Tapado a medias por mechones de su pelo multicolor, su cuello, punto de gravedad de todo el universo, yacía provocador, desafiante, como retándome a que me lanzara como una fiera a por él.
Sin darme tiempo a pensarlo dos veces, adivinándome el pensamiento, ella se dio la vuelta, desperezándose, y me miró fijamente en silencio. Entonces pude contemplar toda su anatomía, llena de vida ahora, despidiendo pura energía, que pasó de su cuerpo al mío haciéndome sentir un escalofrío hasta los dedos de los pies. Durante ese instante, el más largo de mi vida, comprendí que ciertas cosas no se aprenden en los libros de texto, ni con la experiencia de la vida. Aquella invitación silenciosa y provocadora a unirme a ella, a fundirnos en uno sólo, siempre había estado ahí, desde mucho antes de que los dos existiéramos, y permanecería mucho tiempo después de que desapareciéramos. Siguiendo un guión nunca escrito, pero marcado en nuestro ser, hombre y mujer, todo volvió a ser igual, pero nada volvió a ser como antes.